Ser hombre no es incompatible con ser feminista

Por Verónica Valeria De Dios Mendoza

¿Quién preside el feminismo?, naturalmente he de decir que la mujer, sin embargo el mayor obstáculo al que se han enfrentado las causas por las cuales ha germinado dentro de un ambiente hostil el movimiento feminista, se encuentran precisamente en el posicionamiento al que se ha reclutado a la figura que debe de propagar la esencia de dicha ideología. Nuestras grandes precursoras no solo luchaban por el reconocimiento de la mujer hacia una vida más digna,  también se mostraban conscientes en que un cambio resulta imposible sino se derriban a la par las barreras mentales en ambos sexos que impiden se vean mutuamente como iguales.

De aquí emana el siguiente cuestionamiento: ¿Quiénes pueden posicionarse como feministas? Una pregunta que sin duda me parece absurda, pero que resulta necesario hacer hincapié debido a los esfuerzos de varias compañeras de lucha que osan en afirmar  rotundamente la imposibilidad de reconocer como feministas al sexo masculino, desvirtuando el verdadero objetivo. A pesar de mis intentos por comprender su postura, no he llegado a ningún posicionamiento que me haga apoyarlo, sino todo lo contrario, por lo que he de oponerme rotundamente, pues tengo más argumentos en contra y ninguno a su favor. Parece no ser suficiente la misoginia social que persiste en  sembrar la enemistad entre los hombres y las luchas por los derechos de la mujer, sino que la renuencia de una gran masa de mujeres feministas en denominar como tales a los hombres, tiende a respaldar la visión que establece al feminismo y al sexo masculino como cuestiones profundamente ajenas entre sí.

Me encuentro profundamente persuadida en que la insistencia en negar el calificativo feminista a la mitad de la humanidad ha terminado por reducir la participación del hombre a lo que muchas feministas llaman “aliado de causa”, una carente denominación que resulta ser sin miramiento alguno la más grande tragedia sobre la cual radican muchos de los desaciertos en la incorporación del movimiento social al razonamiento masculino a lo largo de la historia. Es asi, que la prohibición impuesta al hombre, me parece la base más tangible que le obstaculiza adoptar plenamente la luchar desde la esencia misma de la causa, propiciando su incorporación desde la parcialidad y la mezquindad que emana de la conveniencia hacia su propio sexo y no hacia la totalidad de la humanidad.

¿Qué gran anacronismo es aquel que le demanda al hombre cuestionar sus privilegios y a la vez les niega el legítimo derecho a ser feminista? Lo cierto es que resulta incomprensible situarse como un agente de cambio ante las estructuras patriarcales que se encuentran tan firmemente enraizadas en la sociedad sin existir desde el feminismo. Pues dicho cuestionamiento no es después de todo más que la manifestación de un alma feminista o en proceso de transición para serlo.

Naturalmente siendo el feminismo una ideología que pretende derribar barreras por cuestiones de sexo, no puedo explicarme como existen quienes se afanan en defender tal postura, a sabiendas de caer en la hipocresía de construir muros al excluir al hombre por el simple hecho de serlo. Quiero creer que detrás de ello no existe un odio infundado hacia el sexo masculino, sino una errónea visión de percibir la verdadera lucha, pues si es lo primero entenderemos que lo que nos mueve es el odio y no la esperanza en dignificar la vida de cada mujer y de construir con ello un mejor mundo para las que aún no están pero vienen en camino.

La explicación de esa inconsistencia de juicio se ha defendido principalmente en base a dos argumentos: la inviabilidad del hombre para ser víctima directa de la misoginia, puesto que por su naturaleza nunca va a sufrir la condición de ser mujer; y por otro lado la usurpación del protagonismo masculino en los espacios feministas.

Respecto al primer punto he de manifestarme conforme al afirmar que el hombre nunca padecerá la condición de ser mujer, más sin embargo, es necesario decir que establecerse como feminista no implica de ninguna manera vivir desde la esencia misma de ser mujer, pues conlleva un significado más nutrido, no de acuerdo a quien sufre las inclemencias del sistema de dominación patriarcal, sino acorde a quien es capaz de cuestionarlo, evidenciarlo, rechazarlo y construir soluciones que a partir de ello representen un verdadero cambio.

Es necesario entender que así como ser mujer no implica tener convicciones feministas, ser hombre no implica no tenerlas, pues no es el sexo lo que nos aparta de una causa, sino nuestro propio entendimiento que se niega a pararse en la empatía, haciendo a un lado los intereses que por ser enteramente propios tienden a apartarse del dolor humano. ¿Acaso es necesario ser de color para ser miembro del movimiento que lucha por exterminar la discriminación racial,  o ser homosexual para abanderar dicha causa como si fuese propia?, rotundamente he de decir que no, pues las luchas no se ganan  únicamente moviendo las conciencias de los propios grupos oprimidos, sino unificando a la masa opresora e indiferente, pues son ellos mismos los principales factores que reafirman el mal social.

Respecto al segundo argumento, confieso me embarga una profunda pena al ser testigo de que en la modernidad se pretende hacer del feminismo un campo de competencias entre los sexos por obtener el protagonismo, y no una alianza que anhele  alcanzar un Estado de reconocimiento y garantía plena en cuanto a los derechos de la mujer. ¿Qué hubiese sido de la mujer, si nuestras grandes heroínas feministas como

Olympe de Gouges, Emmeline Pankhust o Mary Wollstonecraft hubiesen situado como motor fundamental de su hacer, competir en contra del hombre por el papel principal en el movimiento feminista en vez de proponerse reivindicar los derechos de la mujer? tendríamos enteramente al sexo masculino en nuestra contra y seguramente ningún derecho ganado a nuestro favor. Lo verdaderamente esencial no radica en quien logre conseguir una vida más digna para la mujer, sino de cuanto terreno se ha ganado y cuántas vidas femeninas se han vuelto más vivibles, justas, y libres.

Es por este tiránico principio, que la mayoría de las activistas se hallan enfrentando las adversidades del sistema mediante la apariencia de un movimiento de aversión hacia los hombres, que tiende a distanciarlos, y situarnos como mujeres que propugnan malamente la superioridad de la mujer sobre el otro sexo. Por tanto, vendremos a convencernos de que el movimiento emancipacionista ha dado un retroceso pervirtiendo de tal manera el alma de quienes lo presiden.

No reclamemos la nula respuesta del sexo masculino dentro del feminismo, si resulta ser la manera errónea en como muchas lo conciben lo que con certeza lo excluye. Entendamos que no podemos negar por siempre más el derecho a portar la etiqueta feminista a la mitad de la humanidad si pretendemos que este haga eclosión, pues un verdadero cambio en la vida de las mujeres no sólo depende de las mismas, sino de la sociedad en general.

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