El grave error de la manifestación feminista en contra del buitreo en CUCEI.

Por Verónica Valeria De Dios Mendoza.

Un controvertido grupo de mujeres feminista estudiantes de la Universidad de Guadalajara ha visto como el foco mediático se posa sobre ellas a raíz de un video publicado a inicios de mes, donde se les ve manifestarse dentro del Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías (CUCEI),  en contra del conocido “buitreo”, una clase de acoso hacia las alumnas que transitan dentro del campus. La controversia generada no debería servir a los grupos feministas sino para hacer una profunda autocrítica de los efectos perniciosos de su inadecuada manifestación.

A pesar de que la existencia de dicha problemática ha despertado la atención y la consideración de las autoridades en abordar el tema planteado; en la comunidad estudiantil, la cual debe figurar como el principal foco de impacto hacia la concientización, persiste la negativa en torno a la existencia del problema; una consecuencia que después de todo debía esperarse, producto de una práctica originada en el seno de un sector del movimiento feminista portador de un enfoque pobre que malamente se encuentra cimentado en el protagonismo y la pugna entre hombres y mujeres como medio de transformación social.

En el video se puede observar como las manifestantes irrumpen en horarios de clase, utilizando un discurso de odio que señala a los estudiantes como violadores y asesinos. No es casualidad la utilización de una generalización falaz y contraproducente que establece al sexo masculino en todas partes como un opresor y un tirano incapaz de evolucionar. Para unas, el hombre es el enemigo, con el que no se puede negociar. Pareciera ser que este sector del feminismo no ha entendido que a quien se debe erradicar no es al hombre, sino al sistema que se encuentra profundamente enraizado en las estructuras mentales de ambos sexos. Una idea que sin duda tiende a marcar la profunda brecha existente entre los hombres y la causa por los derechos de las mujeres.

El movimiento feminista no pertenece a una teoría unificada, por lo que debe de comprenderse el desacuerdo entre los mismos y con ello el gran error de un sector que estriba en el combate de prácticas machistas mediante métodos uniformes. Quienes nos encontramos inmersas en el feminismo mantenemos los mismos objetivos de la igualdad de sexos; sin embargo, discrepamos radicalmente acerca de los medios que hay que emplear para lograrlo.

El patriarcado genera numerosas estrategias y crea continuas barreras, que al abordar tanto matices de dominación perceptibles e imperceptibles, indiscutiblemente no pueden ser abordados de la misma manera. No se puede aplicar el mismo método para sublevarse en contra de acto de violación sexual femenina que resulta evidente, a una práctica de acoso que se encuentra infiltrada tras una máscara inofensiva, la cual requiere previamente de ser evidenciada para que quien la sufre y la genera pueda oponerse a su idílica normalización. La práctica del buitreo pertenece a los llamados micromachismos, un término acuñado por Luis Bonino Méndez a inicios de los años 90s, que hace alusión a las conductas u omisiones sutiles e insidiosas que violentan los derechos de las mujeres por razón de pertenecer a dicho sexo, y que resultan intangibles de ser consideradas como tales, tanto como para quienes las practican y para quienes la sufren en la cotidianidad. Dichas conductas son normalizadas, consentidas y consideradas como inofensivas. Así, la negativa de las mujeres que estudian dentro del Centro Universitario, en cuanto a ser receptoras de un acoso incuestionable pero poco tangible, revelan la bifurcación de las distintas manifestaciones del sistema de dominación patriarcal, las cuales requieren la aplicación de diferentes medidas.

El buitreo presenta un grado de imperceptibilidad social, en el cual la mayor parte del motor de acción no supone una intencionalidad o planificación deliberada de ejercicio de poder sobre el sexo femenino y de perpetuar la distribución injusta para las mujeres por parte de quienes las emiten, a diferencia otras conductas las cuales resultan sumamente evidentes. Por lo que una exigencia directa mediante un discurso violento, sin existir previamente la aplicación de medidas enfocadas en la concientización del problema, resultan inútiles e incluso contraproducentes en un contexto donde se desconocen los alcances de lo reclamado.  Es decir, resulta imposible parar una práctica de violencia de género, cuando quien lo ejerce y quien lo sufre ignora la dimensión del problema.

El acoso callejero plantea matices distintos a los establecidos dentro del centro universitario. Mientras el primero resulta evidente, incluso dentro de las legislaciones; en el segundo es inconcebible su señalamiento, tras surgir dentro de un marco institucional y una “costumbre estudiantil” que cimienta su hacer en una intencionalidad de aceptación social entre varones, la cual encubre una violencia no planificada para quien la ejerce. En este contexto, la exigencia sobre el acoso callejero no requiere de concientización previa ya que en evidencia constituye un fenómeno conocido y adecuadamente difundido como una práctica violenta y que por tanto no interpela de una compresión compleja para entenderlo.

Equívocamente el machismo es concebido como una conducta consiente que evoca una figura ruin y exclusiva de los varones por lo que el hombre estudiante, aquel que desde el discurso social no podría ser llamado violento, abusador o especialmente controlador, se rehúsa y obliga indirectamente a la sociedad a no señalarlo como un sujeto  generador de conductas machistas. La práctica del buitreo es una situación innegable de acoso que exige su erradicación desde la raíz, y no mediante un movimiento de aversión de sexos que dificulta la comprensión del fenómeno, ni a través de exigencias directas sobre los sujetos involucrados, sino mediante planteamientos de propuestas concretas encaminadas hacia una educación con perspectiva de género que permita coadyuvar a la identificación del problema, tendiendo por tanto a cuestionarlo, evidenciarlo y erradicarlo. El machismo se encuentra cimentado tanto en los varones que la ejercen como en las mujeres que niegan su existencia, un machismo que puede rayar tanto en lo consciente como en el hacer inconsciente, y es precisamente este último el que requiere previamente el fomento de una acción educativa tendiente a desmitificar la realidad y a preparar al hombre a actuar en la praxis en base a la cual su toma de conciencia emerja desde una intencionalidad con perspectiva de género como solución urgente e inmediata. 

Gran parte de los movimientos feministas se han saltado este paso, produciendo un efecto bumerán donde la exigencia dada no es entendida desde su esencia y por ende se percibe como una acción de agresión que produce más de lo mismo. Para que las mujeres puedan exigir sus derechos, requieren conocer las acciones que forman parte de un ciclo de violencia perceptible o que incluso de manera imperceptible las sumergen en un daño sordo y sostenido a su autonomía, tendiéndose a agravar con el tiempo. La lucha contra los abusos masculinos será más eficaz cuando el sector del feminismo se aleje del fantasma de aversión entre los sexos para acercarse más a la verdad.

 

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