¿Qué es realmente el feminismo radical?

Por Verónica Valeria De Dios Mendoza. 

Uno de los más grandes detractores de la humanidad, que ha terminado por posesionarse del progreso de la mujer, se sitúa en la estigmatización contemporánea del feminismo radical. Originado por fuerzas de opuestos y contradictorios intereses que deforman la esencia y objetivos del mismo movimiento.

El feminismo no podía escapar de toparse con la ignorancia e intenciones viciadas, que pretenden por sobre todo nublar su abismal fuerza. De este modo, el término radical es entendido equívocamente como sinónimo de violencia ideológica, no solo desde la perspectiva de las y los espectadores del movimiento, sino desde el panorama de ciertas “militantes”, quienes se valen de la etiqueta de radfem, para legitimar acciones misandricas y antagónicas a lo aparentemente planteado; obstaculizando por tanto la verdadera emancipación.

Lo cierto es que el surgimiento del feminismo radical o radfem mantiene su eclosión en la segunda ola del feminismo. Los movimientos de la primera ola habían centrado sus esfuerzos en visibilizar la opresión institucional y la plasmada en las leyes, sin embargo, esta nueva generación puso en el centro del debate los aspectos cotidianos como ámbitos en los cuales se ve infiltrado el ejercicio de la subordinación de la mujer. De ahí la frase icónica de “lo personal es político”.

Radical proviene del latín radicalis, que significa relativo a la raíz. Así, la naturaleza de esta corriente implica ir a la raíz de la opresión.    Las feministas radicales contribuyeron a evidenciar muchos problemas de género, que hasta finales de los años 60s se consideraban privados y por tanto naturales.

En efecto, la significación del feminismo radical se aleja por completo del extremismo, la intransigencia y la tendencia ideológica o psicológica que consiste en el uso de la fuerza, como elementos indispensables para lograr la completa emancipación de la mujer. Sin embargo, el virus de la violencia como equivalente de radicalidad se encuentra firmemente presente en la percepción social, carcomiendo el rápido progreso y manchando por tanto los avances logrados.

La historia de los últimos años se encuentra plagada de “militantes”, que tras la careta de la radicalidad autolegitiman un discurso enteramente transgresor, haciendo de la violencia la base de su praxis política y su mejor estandarte. Ejemplo de ello es Jenny McDermott, una conocida youtuber estadounidense autodenominada como “feminista”, quien en uno de sus videos hace apología e incitación a la violencia al inducir a las mujeres a matar a todos los hombres.  

“Estoy harta de ser una fábrica de bebés que produce más hombres, así que la única respuesta a eso es matar a los bebés y matar a cualquier hombre que veas en la calle”.

“Queremos que la especie continúe, pero sólo con mujeres en ella. Así que eso es lo que tenemos que hacer”, dijo en uno de sus videos.

Incitar a la violencia contra cualquier persona por el hecho de pertenecer a un sexo o grupo determinado es inadmisible. Pese a ello, no es la primera ocasión en que mujeres que erróneamente se apoderan de la etiqueta del feminismo, inducen al asesinato de hombres a través de las redes sociales.  La misma clase de anacronismo se encuentra en el hashtag #killallmen, el cual propicio una eclosión de mensajes en twitter, solicitando matar a los hombres bajo el argumento  de que estos arruinan las noches de fiesta. Detallándose incluso, la manera adecuada en que se deberían llevar a cabo las ejecuciones, excluyendo un apuñalamiento por ser “demasiado desaliñado” y optando por “un tiro con arco”.

“No apoyo que ‘matemos a todos los hombres’ -algunos son mis mejores amigos- pero la reducción de los hombres a uno de cada cuatro resolvería muchos de los problemas de la sociedad”, señalo una de las mujeres.

El feminismo radical como es interpretado y aplicado actualmente por estos sectores, fracasa indudablemente respecto a su cometido fundamental. Los movimientos que se empeñan en establecer al hombre como la raíz de todos los males que aquejan a la mujer, carecen paradójicamente de la dosis de radicalidad, ya que se muestran incapacitados para identificar la verdadera raíz del problema, la cual se encuentra situada en el sistema y no en la naturaleza  del “ser hombre”.

Por otra parte la violencia es tan inútil como perniciosa, centra cada uno de los esfuerzos en la adversidad entre los sexos, y escasea de medidas útiles enfocadas en la erradicación del problema. No solo impiden que los hombres se sumen a la causa, sino conllevan a la fragmentación de la unión femenina, las cuales no se sienten identificadas, pues ven más en el movimiento una oposición de sexos, que una lucha por su propio progreso.

La realidad es que la violencia de género en curso, que no es una realidad nueva sino que responde a una metástasis del sistema de dominación patriarcal que  hemos generado ambos sexos, mantiene como inútiles las agresiones sin fundamento hacia el sexo masculino. Nada de lo que se propone o se promete se podrá cumplir en un marco que exclusivamente se encuentra enfocado en la oposición mujer- hombre, haciendo a un lado los esfuerzos por plantear soluciones para parar la brutal realidad que vive la mujer. El desplome de estos tiempos muestra que esta práctica es inútil. Mientras nuestras supuestas dirigentes están ocupándose de la desacreditación masculina, la cifra de violaciones, feminicidios, maltrato físico y psicológico aumentan.

La modernidad exige la urgente socialización del término y con ello el separatismo del feminismo radical respecto de conductas violentas y discriminatorias, que producen la desintegración y la pérdida de su poder social ganado. La mujer no solo debe saber identificar los factores que la oprimen sino también debe aprender a reconocer los sectores que verdaderamente apuestan por su progreso, pues ahora paradójicamente ella es quien se ve en la necesidad de desprenderse de una parte del movimiento “emancipacionista” si de verdad desea encontrar y exigir su propia libertad.

Así pues, el discurso violento desde el cual se pretendan lograr cada uno de los derechos del sexo femenino, son cuestiones opuestas a los principios que se propugnan. La significación del ser radical desde el feminismo, implica entender la complejidad de las opresiones y negarse por tanto a montar soluciones desde la superficialidad que brinda la incitación al odio hacia el sexo masculino.

“Aborta al macho”, “machete al machote”, “muerte al macho”, resultan ser lemas que se encuentran distantes en cuanto al fomento de la autodefensa ante el patriarcado, y por tanto, demuestran que la etiqueta de “radical” que les es otorgada , no constituyen un descalificativo, sino una adjetivo descriptivo que evidentemente les queda grande.

El feminismo no puede continuar en el campo del desprestigio social, siendo la poca credibilidad su calificativo más distintivo, sino que debe aspira a su separatismo respecto de acciones individuales y grupales violentas que merman constantemente su esencia y con ello el avance de la mujer. En una sociedad como la nuestra es esencial que se tomen medidas concretas y efectivas. El problema es tan de fondo y tan estructural que no se va a corregir si es que no se incide directamente desde la raíz. Debemos ser capaces de abordar el fenómeno desde una perspectiva más profunda, entender que la violencia de género es en todo caso proveniente del sistema patriarcal que tenemos y que es precisamente ese sistema en su conjunto el que ambos sexos debemos cuestionar y cambiar.

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