Hombres y violencia de género: las primeras víctimas del mandato de masculinidad.

Por: Valeria De Dios.

El desarrollo de la mujer, su libertad, su independencia, suele comprenderse erróneamente como un asunto que constriñe exclusivamente la atención de las mujeres; un campo de batalla entre los sexos, donde la balanza se inclina hacía los intereses del sexo femenino.

Lo cierto es que la liberación de la mujer tiene que ir a la par de la liberación del hombre. Entendiéndose por esta última no como una lucha en pro del reconocimiento del varón a ser considerado como persona, pues es un hecho incuestionable su figura como sujeto de derechos, sino respecto a su emancipación del mandato de masculinidad: un conglomerado de discursos y presupuestos tradicionales acerca del “deber de ser hombre” que obstaculiza la estabilidad social y personal de los sexos.

La masculinidad tradicional se encuentra sometida a constantes pruebas; un hombre ha de estar demostrando continuamente que no es femenino, que no es infantil, que no es frágil, que no es sentimental, que no es homosexual. Se convierte en todo lo que dicta la sociedad, menos en lo que realmente desea ser. Por el contrario, el modelo de “la mujer políticamente correcta” no necesita probar todo el tiempo que es “muy mujer” para evidenciar su poder, su reto se encuentra en desafiar dicho modelo. Es decir, la feminidad ha tendido más a aplicarse de forma esencialista.

En este sentido, el mandato de masculinidad es aquello que hace pensar al hombre que si él no puede demostrar su virilidad ante el mismo y ante la sociedad, no es persona. La existencia del hombre se encuentra tan dependiente de su virilidad, que no se ve pudiendo ser sujeto digno de respeto, si este no tiene el atributo de algún tipo de potencia. En dicho sentido, la primera víctima del patriarcado son los propios hombres, sin embargo no son capaces de reconocerse como tal, porque aceptar la sumisión en la que se encuentran sería equivalente a su muerte viril. (1)

La violencia de género entre hombres existe y es producto de este mandato de masculinidad, que le exige la obligación de ser fuerte, de ser el potente.  Al hombre se la enseñó a compadecer a aquellos hombres sentimentales, físicamente débiles y carentes de masculinidad que pretenden desmontar los valores tradicionales. Aprendió que los hombres verdaderamente masculinos no aspiran a inmiscuirse en el cuidado de los hijos e hijas, y las tareas del hogar.

En la medida que un hombre humilla, señala, abusa, maltrata o explota a otro por no parecer a sus ojos más masculino, indudablemente está siendo guiado por el machismo. Esto da paso a la denominada vigilancia de género, que básicamente se refiere al rechazo de actitudes o expresiones que no cumplen con las supuestas características socialmente aceptadas (2).

Es sabido que en todo grupo de varones hay competencia y demostraciones de hombría, pues la masculinidad debe ser revalidada por otros y certificada por el reconocimiento de la pertenencia al grupo de los “hombres auténticos”. El hombre necesita una constante aprobación y exhibicionismo social, no concibe su diversión o su realización personal si no es de la mano de la potencia masculina. No sabe y no estés capaz de defender lo que desea.

A pesar de la universalidad de la subordinación histórica que ha padecido la mujer, la cual ha involucrado los ámbitos de la sexualidad, la afectividad, la economía y la política en todas las sociedades; a nivel mundial los hombres se suicidan más que las mujeres y mueren en actos de imprudencia porque tienen menos herramientas para gestionar sus emociones. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) informó en el documento “Estadísticas a propósito del… día mundial para la prevención del suicidio”, que durante el 2015 en México se registraron 6285 suicidios, ello representa una tasa de 5.2 fallecidos por cada 100 mil habitantes (3). Por sexo, la tasa de suicidio es de 8.5 por cada 100 mil hombres y de 2.0 por cada 100 mil mujeres, lo que refleja que la incidencia en los varones es 4.25 veces superior (4). Todo ello, es consecuencia de una estructura patriarcal que les prohíbe a los varones expresar de una manera abierta y asertiva sus emociones; les enseña a callarlas, anularlas o negarlas, por considerar que ciertas manifestaciones emocionales son impropias de los “verdaderos hombres”: llorar, tener miedo, sentirse inseguro, se les mutiló para que no se dejen llevar por la sensibilidad o los sentimientos bajo el lema “los hombres no lloran”.

Detrás de esa imagen de casanova que vemos en las películas, fuerte e insensible, se esconde un sentimiento que ellos mismos no saben captar. El sentimiento de un hombre al que de repente la avasalla el vacío, percibe con la conciencia atormentada la insuficiencia de su vida, la nula motivación de su razón de ser. El estereotipo de hombre avalado por los mismos, ha terminado por convencerle que su destino era este, aunque su deseo de realización sea contrario a lo establecido. Es así ,que la primera expresión del machismo es el esfuerzo que hacen los varones para demostrar que son “muy hombres”. (5)

Por consiguiente, la naturaleza del hombre no permea en la promiscuidad, su comportamiento es producto de una construcción social que les demanda serlo, es entonces que su accionar no emana de su naturaleza sino del miedo al juicio de otros hombres sobre sí mismos. En otras palabras, no es que los hombres sientan más deseo sexual que las mujeres, sino que el miedo a perder importancia o a sacrificar su virilidad los lleva a adoptar ciertos comportamientos. Muchos fueron obligados a iniciar su vida sexual con prostitutas, por sus padres, tíos o abuelos. De esta manera, la supuesta supremacía masculina, al igual que otras falacias, no radica en la racionalidad, sino en la aceptación de un sistema de valores cuya índole no es biológica.

La infidelidad física y sexual, asistir a centros nocturnos exclusivos para hombres y participar en conversaciones que cosifican sexualmente a la mujer, les hace evidenciar su potencia, su no sumisión. No hay nada más importante para un hombre que la opinión de otro hombre, donde para gozar del prestigio masculino frente a sus pares, se ve obligado a hacer aquello que no desea, y a dejar de hacer lo que desea. Sin ser consciente, se convierte en lo que más teme: un individuo de carácter débil y poca voluntad que se permite manipular por las exigencias del mismo sistema que él nutre.

El hombre pose un miedo muy arraigado y es el de perder su masculinidad ante otros hombres.  No permite que una mujer pague la cuenta, cede el asiento, cuenta o se ríe con un chiste machista, manda fotos de mujeres desnudas por el móvil a su grupo de amigos, dice piropos a desconocidas por la calle; no porque lo desea, sino porque se ve y se siente obligado. Todo esto no constituye una cuestión de sentido del humor o de admiración: es una exhibición de poder. Para ser parte, para no quedar fuera de esa hermandad, puede llegar a ser actor hipócrita con si mismo, cruel y narcisista. Son unos contentos descontentos que no se entienden a sí mismos. En su obediencia al mandato y con la característica narcisista de la psique masculina, no tiene acceso al espejo que le habla de su propia carencia, de su propia abdicación a tener verdaderas formas de la felicidad y satisfacción personal. Es un sujeto poco espejado, poco reflexivo y recortado que no toma conciencia de su propio sufrimiento.

En consecuencia, el hombre se establece como un títere del sistema, un ser domesticado que cede sus intereses propios a cambio de ser representado como sujeto socialmente potente.

La violencia contra las mujeres es la expresión de ese mandato de masculinidad. Este tipo de violencia en todas sus expresiones es un acto de moralización: el varón siente y afirma que está castigando a la mujer por algún comportamiento que él entiende como un desvío, un desacato a una ley patriarcal.

El patriarcado como dispositivo de poder no es es solo un tema de hombres contra mujeres, pues constituye  un discurso no únicamente enviado a la víctima, sino a la sociedad, es decir, a los mismos varones. El hombre machista es el sujeto más vulnerable, más castrado de todos, el que se rinde ante un mandato de masculinidad que le exige un gesto extremo, un gesto aniquilador de otro ser para sentirse “más hombre”. No se encuentra solo, está en un proceso de diálogo con los modelos de masculinidad, está esforzándose por ganar el aplauso a su virilidad.

En definitiva, el empoderamiento de la mujer contribuye a la liberación del hombre. Las luchas por los derechos civiles, políticos, económicos y sociales de las mujeres cuestionan el mandato de masculinidad, ponen en el centro de reflexión el modus vivendi del hombre como producto de una voluntad viciada; y no por el contrario, de un entendimiento puro.

La solución no se encuentra en atacar la violencia en contra de las mujeres, pues esta es solo un síntoma y la más letal expresión del mandato de masculinidad; sino en desmontar su origen. Por tanto, la emancipación de las mujeres no la conseguirá únicamente el esfuerzo de las mismas, la conseguirá la lucha de los sexos en junto.

La resistencia de los varones, es la que aún impide en la mayoría de los países que esa igualdad se realice concretamente: esto sucederá el día en que esas resistencias sean destruidas. El hombre tiene que participar en desmontar el mandato, no exclusivamente con el motivo de contribuir a lograr una vida más digna para las mujeres, sino para liberarse a sí mismo. Para mí es evidente que el cuestionamiento de las estructuras patriarcales de los mismos hombres, más que un acto en pro de las mujeres, es en primera instancia es una expresión de amor propio. El hombre al rehusarse a una vida de insatisfacción, falta de identidad, donde es lo que esperan de él, no lo que realmente desea ser; no dañará, antes fomentará, su verdadera virtud.

Los hombres que aceptan el desafío, están rompiendo las barreras que les limitan, liberándose del temor a la opinión y la condena pública desde que están en la cuna. Repensar la masculinidad hegemónica y la diversidad de las masculinidades, es hacer autocrítica, es dar paso a construir su propia identidad, es erradicar el entramado de actitudes y temores que tienen sumidos a los hombres en una especie de letargo y que les impide el pleno uso de sus facultades y con ello el desarrollo pleno de una sociedad.

Notas:

  1. Conferencia de Rita Segato: Instituciones y vulnerabilidad: Pensar la política en clave femenina. Segato, Laura Rita. [ed.] Canal UCR. 2017.
  2. Kane, E. No Way My Boys Are Going to be like That!” Parents’ Responses to Children’s Gender Nonconformity. Gender and Society. 2006. págs. 149-176.
  3. Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Estadísticas de mortalidad, 2015. Base de datos. 2015.
  4. Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). “Estadísticas al propósito del… día mundial para la prevención del suicidio”. Datos Nacionales. 2017.
  5. Castañeda, Marina. El machismo invisible regresa. s.l. : Taurus, 2007.

 

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