Feminismo: su relevancia e influencia en la participación política de la mujer y en la construcción de una política acertada

Por Verónica Valeria De Dios Mendoza

Hablar de participación política de la mujer sin aterrizar dentro del movimiento social y político del feminismo resulta, de manera ineludible, un tanto insuficiente. El movimiento feminista ha sido determinante en el reconocimiento fundamental del derecho al voto femenino, siguiendo con la ampliación de los derechos políticos, civiles y sociales de las mismas, que han contribuido en el proceso de visibilizar a la mujer como sujeto pleno de derechos.

Aún en aras de la modernidad, la palabra feminismo continúa escandalizando las fibras más internas de la sociedad que se rehúsa a aceptarlo. El discurso antifeminista proviene principalmente de tres factores: la ignorancia, el miedo a la desaprobación social y la negativa por parte de los hombres de renunciar a determinados privilegios que han sido estructurados en base a la subordinación y dominación del sexo femenino, cuestiones que rayan en lo absurdo.

No obstante, es un hecho que la resistencia al movimiento feminista no resulta exclusivo de los hombres. En las sociedades, la cultura machista ha sido indirectamente institucionalizada por el sexo femenino. A pesar de que la violencia y la discriminación de género sigue siendo una adversidad, en la actualidad destaca la gran presencia de mujeres que se resisten al feminismo, y es entendible, debido a que no resulta fácil renunciar a la falsa idea de que la mujer vive en un mundo color de rosa, para dar paso a cuestionar la cruda realidad que en nada se asemeja al cuento falaz de hadas que nos venden.

El feminismo como perspectiva política, implica visibilizar los problemas de género. Y con ello tomar soluciones radicales que entrañan un peligro para el sistema patriarcal, ya que, indudablemente, representan un peligro para las leyes y costumbres que, a pesar de que violentan los derechos humanos de la mujer, han sido por siglos considerados como sagrados.

Los esfuerzos de construir y entender la verdadera esencia de la participación política donde la mujer representa un papel activo, únicamente cobran sentido cuando se comprende el concepto de feminismo; una etiqueta que desde tiempos inmemorables sigue siendo objeto de prejuicios, y de una constante devaluación que malamente se confunde y asemeja con un movimiento de incitación al odio contra los hombres.

Feminismo es más que un movimiento, es una ideología que propugna el cuestionamiento tanto de la realidad como del pasado a través de la historia, con el objetivo de identificar y evidenciar los distintos factores que oprimen a la mujer por el simple hecho de pertenecer a dicho sexo, y con base en ello, proponer soluciones que permitan devolverle al sexo femenino su protagonismo como personas.

La teoría feminista no sólo trabaja de la mano con el principio de igualdad, sino que de la misma manera, y en la misma medida, se nutre del principio de equidad sin el cual resulta inasequible su existencia. Apuesta por una transformación del ser y existir de la mujer, y con ello da paso a una nueva masculinidad, mediante la visibilidad de ambos sexos, tanto en los espacios públicos y privados —en los cuales se les ha vetado debido a la asignación de determinadas características—, como en los inherentes y propios de un determinado sexo, rompiendo con la cultura sexista, androcéntrica y patriarcal que excluye a los sexos entre sí.

En relación a lo anterior, esta ideología endógena propone la deconstrucción de las estructuras sociales por parte de la mujer, y con ello propiciar el clima para una nueva construcción que emane de su entendimiento puro. Descartando el modo de vida por imposición social. De esta manera, la mujer es lo que es por convicción propia y no deriva su existir de un consentimiento socialmente viciado por aquello que se conoce como políticamente correcto y aceptable.

La ideología feminista no se establece como una oposición social y política hacia los hombres, sino contra el sistema de dominación patriarcal que se encuentra tan firmemente enraizado en las percepciones de ambos sexos.

Por su parte, la ideología patriarcal se adapta a todos los sistemas políticos y económicos. Dichas estructuras se establecen como un sistema de dominación masculina sobre la mujer que se exteriorizan a través del género; un conjunto de características y cualidades que se establecen socialmente como exclusivas de un determinado sexo. Es decir, marcan una línea divisoria entre mujeres y hombres que los destina a llevar a cabo papeles completamente opuestos. Las personas nacen con un determinado sexo, sin embargo, aprenden a desarrollar conductas, tareas y responsabilidades que se consideran apropiadas, ya sea para hombres o para mujeres. De manera que no provienen de un hecho biológico e irrefutable, sino de una construcción social.

Es así que la mujer es desplazada al ámbito privado como el único espacio apropiado para su existencia. En él prevalecen las tareas del hogar, la maternidad y el matrimonio, como partes esenciales de la realización personal femenina. Se les asigna un alto grado de sensibilidad que las incapacita para tomar decisiones razonables, y la inferioridad tanto intelectual como física respecto al sexo masculino, situación que las convierte en miembros no aptos para ser útiles dentro de la sociedad, volviéndolas meros instrumentos de adorno que únicamente dedican su existencia a ser bellas y agradables ante los ojos de la moral masculina. Y por otra parte, se sitúa a los hombres en el ámbito público como seres fuertes y razonables, capaces de liderar y ser la cabeza de familias y sociedades enteras.

Esa distinción plantea una jerarquía entre mujeres y hombres, suponiendo la división entre sexo dominante y sexo dominado. Por ende, el prototipo de mujer ideal que planeta el género es usado en contra de las mismas para impedir su inclusión en la esfera política como ciudadanas y representantes; y con ello su triste confinamiento a la vida privada. Podemos decir que el género es la explicación respecto al mantenimiento de subordinación de la mujer, que mediante las estructuras normativas en algún momento de la historia le negaron en derecho al sufragio a la mujer.

El movimiento feminista ha sido imprescindible en la construcción de la participación política de la mujer, ya que permitió poner en duda los argumentos misóginos que pretendían mantener al sexo femenino como un colectivo ajeno a la política. La base, sobre la que descansan las ideas revolucionarias que han permitido la reivindicación de los derechos políticos de la mujer, se blande en lo que la escritora Gemma Lienas llama “gafas violetas”1 en su obra literaria El libro violeta de Carlota, y que consiste en mirar al mundo a través de la crítica al género, con la finalidad de ver las desigualdades entre hombres y mujeres. En otras palabras, hace referencia a la aplicación de la perspectiva feminista al contexto actual.

La lucha por los derechos políticos de mujeres y hombres indudablemente no ha ido a la par. La relevancia e influencia del movimiento e ideología feminista se centra precisamente en la indiferencia, por parte de innumerables movimientos sociales e ideologías, en incorporar los derechos de las mujeres como uno de sus objetivos de lucha. A modo de ejemplo, resulta necesario remontarnos al movimiento revolucionario mexicano de 1910, en el cual la incorporación de las mujeres fue importante, tanto para la difusión de las ideas revolucionarias como dentro de las actividades militares. Tal es el caso de María Teresa Arteaga, quien colaboro en el sostenimiento del periódico Regeneración y formo parte de la junta organizadora del partido liberal; o el de Dolores Jiménez y Muro, quien participo en la redacción del Plan de Ayala.2

Las mujeres hicieron suyos los movimientos sociales que aparentemente apostaban por una transformación general. Sin embargo, éstos dejaron de lado los intereses del sexo femenino por completo, pues al redactar la Constitución de 1917, nos encontramos con que al discutir la petición sobre el sufragio femenino, se decidió seguir negándoles los derechos políticos —a pesar de que existió una gran participación por parte de las mujeres—, argumentando:

[…] en el estado en que se encuentra nuestra sociedad, la actividad de la mujer no ha salido del círculo del hogar doméstico, ni sus intereses se han desvinculado de los miembros masculinos de la familia, no ha llegado entre nosotros a romperse la unidad de la familia, como llega a suceder con el avance de la civilización, las mujeres no sienten pues la necesidad de participar en los asuntos públicos, como lo demuestra la falta de todo movimiento colectivo en este sentido3.

Y se enfatizó: “El hecho de que algunas mujeres excepcionales tengan las condiciones para ejercer satisfactoriamente los derechos políticos no funda la conclusión de que éstos deban concederse a la mujer como clase. La dificultad de hacer la selección autoriza la negativa”4.

Esas digresiones han conducido a afirmar la ignorancia sobre la historia de la concepción del voto femenino, y han llevado a suponer, erróneamente, que los derechos políticos de las mujeres fueron adquiridos de manera natural, o que incluso venían incluidos en el mismo paquete de lucha por los derechos sociales, civiles y políticos de los hombres. Sin embargo, las mujeres fueron quienes, mediante luchas independientes con perspectiva feminista, consiguieron el derecho al voto; en contra del sistema patriarcal, a costa de su tranquilidad e incluso de sus propias vidas.

Y es aquí donde vale la pena mencionar, por ejemplo, a Hermilia Galindo, que desde 1916 envió al constituyente escritos para solicitar los derechos políticos de las mujeres5; a Elvia Carrillo Puerto, quien gracias a su activismo propició que en 1922 se lograra que Yucatán se consolidara como el primer estado en reconocer el sufragio femenino 6; o las publicaciones de mujeres como Esther Chapa, que durante años envió, al empezar las sesiones, una carta solicitando el derecho al voto femenino; e incluso a movimientos como el Frente único pro derechos de la mujer (F.U.P.M.), fundado en 1935, el cual logró que el presidente Cárdenas enviara una iniciativa para reformar el artículo 34 constitucional; y también a mítines como el de 1945, que propició que el presidente Miguel Alemán se ofreciera a otórgales el voto a nivel municipal, y que más tarde, en 1952, Ruiz Cortines prometiera otórgales los mismos derechos políticos.

Acciones así, respaldadas por ideas feministas de grandes pensadoras, llevaron a que, finalmente, el 17 de octubre de 1953, se reformara el artículo 34 constitucional, adquiriendo las mujeres la ciudadanía plena 7.

Es un hecho que las mujeres han estado haciendo política feminista desde hace tiempo, y con ese quehacer ya han trasformado el mundo. Su participación se sitúa en dos grandes vertientes; por un lado las luchas por las transformaciones generales de la sociedad, y por otro las luchas por las demandas propias de las mujeres. Y si bien es cierto que la primera vertiente mencionada no lleva consigo una lucha con enfoque de perspectiva de género, también lo es que el simple hecho de que las mujeres intervengan en los diversos movimientos políticos del país implica un desafío al status quo del sistema patriarcal, que sitúa a las mujeres exclusivamente en la esfera privada. Por ende, la desobediencia política contiene una perspectiva feminista, no en el contenido de las luchas, sino en el ejercicio mismo de la participación.

Dejando de lado el papel imprescindible que desempeña la ideología y movimiento feminista en el logro de los derechos políticos de la mujer, resulta necesario detenerse un momento, a fin de abordar la importancia de dicha ideología en la construcción de una política acerada. Hablar de feminización de la política tiene que ver no sólo con la mayor presencia de mujeres en la política; es ir más allá de la paridad. Implica la acepción de incorporar temas con perspectiva feminista dentro de la agenda política, que permitan combatir los diversos problemas que violentan los derechos humanos de las personas por cuestiones de género.

Sin duda alguna, es necesario que los sexos accedan al poder en condiciones equitativas, y que con ello las mujeres ocupen los puestos que les han sido negados a lo largo de la historia. Sin embargo, la paridad por sí ola, como un derecho que asegura la representatividad proporcional de los sexos dentro de los distintos niveles de toma de decisiones, no asegura que realmente se esté trabajando por la igualdad y equidad de los derechos del sexo femenino. En otras palabras, ser mujer no implica en lo absoluto tener convicciones feministas.

En la política convencional ha faltado la incorporación de problemas fundamentales de las mujeres, que únicamente se logran poner en debate cuando se entra dentro de la lógica heteropatriarcal y neoliberal. Incorporar el feminismo dentro de la política permite no caer en la creación de políticas erróneas, que lejos de garantizar los derechos de la mujer, representan un verdadero retroceso en materia de derechos humanos.

La feminización de la política no se constituye como la exclusiva responsabilidad de las mujeres, sino también resulta necesario que sea acogida por hombres con una nueva y distinta manera de hacer política. La adhesión del feminismo no es una opción, es la única manera de alcanzar sociedades mejores y más democráticas.

NOTAS:
1 Lienas Massot, Gemma, El diario violeta de Carlota, s.l., Planeta, 2013.
2 González Marín, María Luisa, Rodríguez López, Patricia et al., Límites y desigualdades en el empoderamiento de las mujeres en el PAN, PRI y PRD, s.l., Miguel Ángel Porrúa, 2008, pp. 39, 40.
3 Diario de los debates del Congreso Constituyente 1916-1917, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985, pp. 1-830.
4 Ibid.
5 Tuñón Pablos, Enriqueta, “Participación Política de las Mujeres”, Cimacnoticias, 17 de octubre de 2008, [en línea]: http://www.cimacnoticias.com.mx/node/46665.Fecha de consulta: 12 de octubre de 2016.
6 Peniche Rivero, Piedad, “Las primeras mujeres electas de México”, Diario de Yucatán, 7 de octubre de 2012, [en línea]:http://yucatan.com.mx/editoriales/las-primeras-mujeres-electas-de-mexico. Fecha de consulta: 12 de octubre de 2016.
7 Tuñon Pablos, Enriqueta, Los movimientos de las mujeres en pro del sufragio en México, 1917-1953, 1998, pp. 137-150.

* Se reproduce con autorización de la autora, publicado en Hechos y Derechos, revista del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, el 07 de noviembre de 2016. revistas.juridicas.unam.mx/…w/10698/12857

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